Cuando ya no te reconoces en la vida que estás viviendo
¿Alguna vez has pensado: “algo no encaja en mi vida”, “ya no me reconozco, no sé qué me pasa”, “siento que algo tiene que cambiar”, “mi vida es como si pasara en modo automático, me siento vacía”, “no ha ocurrido nada distinto en mi vida pero ya no soy quien era antes”, “por qué ahora ya no me sirve la vida que antes me llenaba”?
Muchas personas pueden sentir esta “desorientación” al estar viviendo situaciones de transición vital como separarse de la pareja, cambios laborales, hijos que se independizan, cambios en la etapa de la menopausia o la confrontación con el envejecimiento y la muerte. Pero en algunos casos podría incluso experimentarse sin que ningún cambio aparente lo justifique.
“No sé qué me pasa…”
Los signos pueden ser variados, desde una sensación leve parecida a “estoy fuera de lugar” o “esto ya no me llena” hasta la constatación de estar perdido y no saber hacia dónde dirigir la vida. Durante el proceso podemos comenzar a sentir que las actividades del pasado como el trabajo, los hobbies u otros intereses han dejado de atraernos y ya no hay motivación o energía para realizarlos. También podríamos notar que vamos perdiendo la conexión con algunas personas que están a nuestro alrededor como parejas, hijos, familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc. Podría ocurrir también que ya no nos apetezca salir o estar en reuniones sociales como lo hacíamos antes.
A todo esto habría que añadir dos limitaciones extra: nuestra propia interpretación de lo que nos está pasando y la interpretación de las personas que nos rodean.
Buscando explicaciones…
Lo más común es que la persona piense que quizá está muy estresada, con mucho trabajo y que lo que necesita es descansar más y organizarse. También podría pensar que está atravesando una mala racha y que con el tiempo todo volverá a ser como antes.
En ocasiones estas explicaciones son acertadas. Pero otras veces no terminan de aclarar la situación.
Para colmo, hay una probabilidad alta de que nuestra interpretación esté dirigida por nuestro juez interior, no precisamente amable y comprensivo. Quizá nos digamos cosas como “estoy tonta”, “soy una vaga, antes podía con esto y mil cosas más”, “me estoy volviendo una antisocial”, “soy una mala madre/pareja/amiga”, “qué caprichosa/egoísta me estoy volviendo”, “yo debo ser el problema, los demás están bien, tienen sus vidas y nadie se siente tan raro como yo”.
También el juez interior utiliza el recurso del miedo y las amenazas: “como siga así me voy a quedar sola”; “estoy perdiendo oportunidades por mi pereza”, “me van a echar del trabajo”, “si la gente descubre estos cambios ya no van a aceptarme”.
Las personas que tenemos a nuestro alrededor podrían haber vivido situaciones parecidas o no. Podrían haber aceptado e indagado este estado de desorientación pero, por lo general, lo más probable es que lo hayan ocultado. Quizá su propio juez haya hecho el agosto dejándoles una sensación de culpa, anulando esta experiencia e incluso recordándola con vergüenza.
Si nuestra pareja, familiares o amigos no han experimentado nunca en sus vidas algo así, la incomprensión puede ser grande y pese a que sus comentarios pueden ser bienintencionados, pueden dañarnos reforzando nuestro juez interior: “Estás rara”, “no te reconocemos”, “es que tienes que agarrar la vida por los cuernos”, “si no pones de tu parte no podrás mejorar”, “te estás volviendo una conformista”, “es que ya no quieres nada con nosotros”, “a ver si te aclaras porque no sabes lo que quieres”, “es que le das demasiadas vueltas a las cosas”.
¡No encuentro explicación!
Puede ocurrir que estos pensamientos persistan pese a los intentos de animarnos o probar cosas nuevas. Incluso pueden aparecer sin un motivo aparente, puede que nuestra vida siga el rumbo que siempre ha llevado y sin embargo, la sensación de estar desconectado o perdido sigue ahí de manera sutil pero constante.
A lo mejor no sentimos un sufrimiento intenso, no lo vivimos como un trauma pero persiste la sensación de estar viviendo sin un mapa de quién soy y hacia dónde quiero dirigirme.
En este caso, el problema no parece estar en un área concreta de nuestra vida. No es únicamente el trabajo, la relación de pareja o, incluso, el cansancio. La sensación es más amplia y difícil de localizar. Es como si hubiera una distancia entre la persona que somos y la forma en que estamos viviendo nuestra vida.
Pero entonces, ¿qué es?
Por lo general pensamos que siempre somos los mismos, que a lo largo de nuestra vida lo que cambian, aparte del físico y cierta maduración psicológica, son las circunstancias de nuestra vida.
Este es un error de interpretación importante. Hay etapas en las que cambiamos profundamente, no solo en nuestro aspecto físico o las cosas que nos suceden. Hay cambios en nuestra forma de sentir y pensar. Cambian nuestras prioridades y la forma de entendernos a nosotros mismos. Son auténticas transformaciones y, como todos los cambios profundos, atraviesan unas etapas y, sobre todo, necesitan tiempo.
Sin embargo, al no poder reconocer todo esto, seguimos organizando nuestra vida alrededor de nuestra versión anterior, con los patrones antiguos. Y por lo tanto, seguimos respondiendo a las circunstancias y expectativas que tuvieron sentido en otros momentos. Quizá mantenemos los compromisos que ahora ya no reflejan lo que es importante para nosotros. Quizá, guiados por la inercia, seguimos haciendo las mismas cosas que hacíamos antes. Desde fuera podría no notarse que algo en nosotros está cambiando pero en nuestro interior crece y crece la sensación de desorientación. En realidad, no porque hayamos perdido el rumbo sino porque el mapa con el que nos guiábamos ya no refleja el territorio actual.
No siempre se trata de arreglar algo
Nuestro primer impulso es buscar rápidamente una solución a esta desorientación. Por supuesto, nuestro juez interior nos hará creer que esto es algo malo que está en nosotros y que debemos corregir. Este malestar genera incertidumbre, algo difícil de sostener y gestionar. Necesitamos saber hacia dónde vamos, qué decisión tomar, recuperar rápidamente la sensación de seguridad.
Pero de nuevo la estrategia es incorrecta. Algunas experiencias no surgen porque haya algo malo sino porque algo está cambiando. Si nuestra forma de entender esta situación es como un problema que hay que resolver, corremos el riesgo de no escuchar lo que realmente este cambio está tratando de mostrarnos.
Una de las partes más difíciles de este proceso es que no suele ser obvio, claro y comprensible de manera inmediata. A veces el malestar no es tanto por sentirse desorientado sino por la incomprensión de lo que nos está sucediendo. Pensamos: “si no comprendo el problema no lo podré solucionar”. Es importante entender que a veces, comprender no implica necesariamente solucionar, sino aceptar. Para el tema que nos ocupa en este artículo, comprender es aceptar que estamos cambiando y que, probablemente, no volveremos a ser los mismos.
Un espacio para explorar
Algunas transiciones requieren atravesar un periodo en el que todavía no sabemos exactamente quiénes estamos llegando a ser.
Tal vez haya algo más profundo intentando abrirse paso. Algo relacionado con la manera de vivir, de relacionarnos, de trabajar o de estar en el mundo. Algo que llegado el momento ya no puede ser ignorado más. El malestar irá en aumento cuanto más alejemos nuestra atención de lo que realmente nos está sucediendo.
No obstante, empezar a escuchar no significa tener que abandonar de inmediato todo lo que hemos construido hasta ahora. No implica tener que dejar las parejas, trabajos, amigos, etc.
Empezar a escuchar significa crear espacio para comprender qué está ocurriendo. Dar permiso a que esa transformación disponga del tiempo que necesita para desarrollarse sin culpa, sin miedos y sin prejuicios. Esto nos ayudará a no tomar decisiones impulsivas que no estén basadas en el entendimiento real de estos cambios.
Ahora bien, el verdadero potencial transformador de escuchar y dar espacio a esta experiencia es abrir un camino hacia el autoconocimiento profundo. Nos damos la oportunidad de conocer cómo somos realmente, qué patrones han guiado nuestra vida y qué creencias se han fijado en nuestros pilares más básicos. Esto no solo nos ayudará a entender por qué hemos experimentado la vida de la forma en la que lo hemos hecho, sino que nos ayudará a caminar a partir de ahora con mucha más claridad. En nuestra mochila tendremos una brújula más fiable porque ver con claridad es lo opuesto a la desorientación.
Si te reconoces en estas palabras que estás leyendo, quizá no necesites encontrar respuestas inmediatas.
Quizá lo primero sea disponer de un espacio donde poder explorar con sinceridad lo que está cambiando en ti. Un espacio en el que no se trate de buscar soluciones apresuradas, sino de comprender con mayor profundidad la experiencia que estás atravesando. En definitiva, un espacio para dibujar el nuevo mapa que necesitas en tu vida y reconocer al auténtico viajero.
Si te apetece explorar más sobre este tema puedes contactar conmigo.

